Niño que educa a otros niños

Dándome perfecta cuenta de que mis garabatos rara vez apuntan más allá del vuelaplumeo sin amperios, ni calado, ni encarte de posterioridad, abro la escotilla y cazo datos como el de la salida de una catedralicia compilación en dos volúmenes del teatro del arriba mentado. Y noto un asomo de congoja al comprobar que en absoluto me veo apresurado a adquirirla, ya que, bien lo sé, el remolino en donde habito, tan de fontanería catódica, apenas ofrece claros en los que depositar, con justicia, lecturas así, tan necesitadas de continuidad, reposo, digestión... Y rebuzno, y salto a Peter Hammill, a Scott Walker, a Marc Almond (ruta conspicua, quizás la única lícita). Y razono que, como snob que soy, y testigo, que me siento, apenas entiendo al común más allá del instante mismo en que actúa por impulso, y a la contra de ese pinchazo tumoral que llevo toda mi experiencia intentando fintar: el sopor ahí arriba.
En pugna contra dicha erupción comprendo, y hasta justifico, actos (hablo de cultura, es obvio) cuya lógica y procesos, en principio, no podrían resultarme más ajenos. Tan fugaz concilio con el rebaño, por un lado, y con la sociopatía, por otro, siempre brota cuando el tedio se erige en meollo de la cuestión; ya sea antesala de la barbarie o del ridículo, causa de conflicto o mero pie de página de tanta pernicia diplomática. Y, ahora ya sí que sí, el resto del tiempo se me va en refunfuñar.
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