Ayer le decía a unos ojos mercuriales que dejé de anotar los sueños cuando en un desayuno, años ha, con el tecleo a medias, me pasmé ficcionando, y así, en retroceso, advertí que, una y otra vez, si lo recordado no acababa de hilar (¿Onírismos bien hilados? Por favor...), los dedos se me iban a lo argumental, como una milicia de enanitos diligentes en piloto automático. Y nada, que lo envié todo al guano, un tiesto de Ks al rincón de la basura más un “¿Está seguro, segurísimo, de que quiere, so insensato, perder ésto para siempre? Que sí, hostias: O.K”. Farsante continúo siendo, desde luego, pero, algo es algo, gestos de macaco cada vez me detecto menos.
Otra cosa que hice ayer fue escupir misericordia. Luego rebotó en el suelo y casi me saca un ojo.
En las películas de John Ford, cuando los personajes abren una ventana, tienen ante sí grandes praderas y la esperanza de encontrar en ellas un mundo mejor. En las mías lo hacen con precaución, ya que podrían toparse con una bala perdida.
Sergio Leone.
ÉSTA ES LA GRUTA DE...
KONIEC PANTAU
(Zentropa, Siglo XX). Mustio, átono, transversal, revirado y meafiestas, en uno de sus maratones insomnes decidió abrir la presente escurridera de textos superfluos y deformes. Harto de su sombra sobre las teclas, duda que algún día deje de sentirse incómodo consigo mismo, pero, de momento, espera que este colmado logorréico le ayude a saber si la escritura súbita acentúa o mitiga dicha sensación. Por decir algo.
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